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Arte como protesta: el cubo que representa el saqueo de una mina en Sonora

Tomado de: Aristegui Noticias

Una placa en pleno desierto sonorense lee junto a un cubo que yace bajó el sol. La placa dice:
“Entre 2010 y 2013, la minera Pelmont extrajo de manera ilegal 236, 709 oz de oro, según consta en sus reportes. Para ello dinamitó y movió 10,833,527 toneladas de piedra. La sentencia del tribunal unitario agrario del distrito 28, emitida el 8 de diciembre de 2014, obliga a Pelmont a regresar el oro extraído, el cual formaría un cubo de 70x70x70 cm y tendría un valor de 436 millones de dólares. Ejido El Bajío. Febrero 2022. Archivos de la erosión”.
En el centro del tajo creado por la minera Pelmont en su búsqueda por metales preciosos dentro de la región del Ejido de El Bajío, Natalia Mendoza y Miguel Fernández de Castro instalaron un cubo de tierra compactada. Los creadores utilizaron “una técnica milenaria de construcción” según describen, que también se relaciona de forma inversa con la extracción minera del sitio. Así, la minera se dedicó a retirar capa tras capa de tierra y el cubo fue elaborado colocando, también, capa tras capa de tierra.
Un ejido, de acuerdo con el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública, se define como “una tenencia comunitaria y una comunidad de campesinos, quienes colectivamente poseen derechos a la tierra”. El ejido El Bajío ubicado entre los municipios de Caborca y Puerto Peñasco en el desierto de Altar en Sonora ha existido desde 1971 y a partir de finales de los años 90, la minera Penmont una filial del Grupo Fresnillo antes dirigido por el recién fallecido (en febrero del 2022), Alberto Bailleres, ocupó parte del ejido para buscar metales preciosos.
Explica la página web del ejido (ejidoelbajio.mx) que la ocupación fue ilegal; aunque terminó en 2013 y, a pesar de que los ejidatarios pidieron resolución a las autoridades e incluso se elaboró una sentencia contra la minera por parte del exmagistrado Manuel Loya Valverde en 2014, de acuerdo con Pie de Página, el fallo no ha sido acatado.
Ni tampoco se ha restaurado el ecosistema en su totalidad, o devuelto el oro, como explicó Natalia Mendoza durante una entrevista con Aristegui Noticias, “hay una ideal de restauración absoluta” que incluye la restitución de cerros, agua, fauna y flora. La sentencia, que llama “histórica”, “muy peculiar” y “sin precedentes en México” fue uno de los eventos que impulsó a Mendoza y Fernández de Castro, ambos originarios del estado de Sonora, a elaborar la colección de piezas que ahora exponen en el espacio neoyorkino, Storefront for Art and Architecture bajo el cobijo de su exposición “La absoluta restauración de las cosas” (The Absolute Restoration of All Things).
Ambos residentes del municipio de Altar, zona fronteriza con Caborca, donde está el ejido en cuestión, descubrieron que trabajan el mismo tema desde sus propias trincheras. Mendoza como antropóloga y Fernández de Castro como artista visual. Su interés por El Bajío se desató tras una publicación en la revista Proceso que abordaba el conflicto con la minera Pelmont. “A partir de ahí hemos estado en contacto, hemos visitado varias veces El Bajío y la mina. Han pasado una serie de situaciones distintas de asesinatos, de desaparición, de recuperación de las tierras, hemos ido siguiendo el proceso”, explicaron.
La devastación del territorio fue causada por las obras de minería que se desarrollaron en el ejido, comentó Miguel Fernández de Castro. Los daños son visibles, se observa un hueco en el desierto donde antes, y de acuerdo a los números expuestos por los artistas, habían 11 millones de toneladas de tierra que fueron removidas en busca de oro, la minera obtuvo 236 mil onzas del metal.
En representación al volumen del oro, los artistas elaboraron dicho cubo con dimensiones de 70 centímetros en cada uno de sus lados. La premisa del cubo, entonces, es contrastar la dimensión de la devastación con el tamaño de lo minado; la desproporción. “¿Cómo sería devolver ese oro? ¿Dónde está ese oro? ¿Cómo se vería si estuviera todo reunido y restituido?”, el cubo en si mismo es una restitución simbólica, “un monumento en el lugar”, o incluso “un anti-monumento”.
Cuentan que actualmente los ejidatarios tienen el control del territorio, de no ser así, ellos no hubieran podido desarrollar la intervención en el tajo. La recuperación de la tierra no fue un proceso sencillo, fueron años de conflictos en los que hubieron ejidatarios desaparecidos e “involucramiento de sicarios”, especificó Fernández de Castro. Quien a partir de su obra, recibió una amenaza, un mensaje: “que le bajara de tono”, dijo.
La intención de la pieza y exposición, contó Mendoza, es abordar que el daño en el ejido es irreversible, no puede ser restituído ni reparado. Asimismo invitar a la reflexión sobre el punto histórico al que se refiere el acto y la sentencia de la restauración, a lo que mencionan que además de que el ecosistema desértico es uno que se mantiene “equilibrado pero siempre al borde del colapso”, el sitio es territorio ancestral Tohono O’odham.
“¿Qué significa la restauración total de las cosas y hasta qué punto histórico se refiere ir hacia atrás?. Ahí se complica todo, se complican muchas cosas. ¿Qué era antes? ¿Cómo podemos saber qué era antes?”.

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