Ciencia y tecnologia

El camino a seguir en el combate al tráfico de totoaba

Redacción Nexos

Las posiciones de México y Estados Unidos sobre cómo acabar con el tráfico de totoaba se confrontan cada vez más. El desacuerdo pudiera parecer técnico, pero amenaza con trastocar asuntos que llegan a las primeras planas. El 10 de febrero la Representante Comercial de Estados Unidos activó por primera vez las nuevas cláusulas ambientales del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) al solicitar consultas sobre este asunto.
El más reciente enfrentamiento entre los dos gobiernos tuvo lugar la semana del 7 al 11 de marzo en el Comité Permanente de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES). Estados Unidos criticó a México por no aplicar de manera efectiva la prohibición a la pesca de esta especie. Ante preocupaciones expresadas por expertos y ambientalistas, encabezó la oposición a la propuesta mexicana de autorizar el comercio internacional de especímenes criados en cautiverio. Pese a ello, la iniciativa se aprobó con un voto dividido de nueve a seis.
La confrontación no se debe a que los objetivos de los gobiernos sean diferentes. Ambos buscan que sobreviva este pez endémico del Mar de Cortés, cuya población está bajo presión por grupos criminales que lo trafican. Los dos también quieren salvar otra especie endémica, la vaquita marina, que muere al enredarse en redes agalleras ilegales.
Nadie duda que la situación en el terreno sea crítica. El tráfico de totoaba no sólo continúa, sino que se ha sofisticado, y quedan menos de diez vaquitas. Los dos gobiernos saben que las políticas públicas actuales son insuficientes y deben ser mejoradas.
Estados Unidos tiene razón cuando exige que México aplique la ley a nivel local. La pesca ilegal continúa y se ha intensificado. México tiene razón al subrayar el gran costo de vigilar por tiempo indefinido una enorme zona de exclusión. El impacto humano de no haber logrado desarrollar fuentes sustentables de ingresos para las comunidades pesqueras de la zona es significativo.
Es correcto, como señala México, que el comercio de especímenes criados en cautiverio puede contribuir a su restauración y repoblamiento. Esto aplica sólo a la totoaba, no a la vaquita. Es correcto también, como señala Estados Unidos, que el comercio regulado implica un menor nivel de supervisión que una prohibición. Y es válido señalar que las comunidades del delta del Río Colorado no reciben beneficio alguno de las exportaciones que pueda realizar un criadero privado ubicado en La Paz, a 1000 kilómetros de distancia.
Sin embargo, existe una vía para reencauzar este esfuerzo, relanzar la cooperación —bilateral y con otros países, como China— y generar una respuesta que pueda brindar mejores resultados. La salida es replantear por completo el problema, entendiendo que el tráfico de totoaba es un delito financiero.
Para llegar a esta conclusión, el primer paso es admitir que en ningún mercado existe especial interés por la totoaba en sí misma. El proyecto mexicano de comercio de especímenes en cautiverio se limita a su carne, que no es traficada. En la pesca ilegal, ésta se tira al mar o se abandona en la playa.
Lo que buscan los grupos delictivos es el buche. Las vejigas natatorias secas —fish maw, en inglés— prácticamente no se conocen en occidente, pero en el sur de China y zonas cercanas son consumidas desde hace siglos. Muchas especies de peces, pero no todas, tienen este órgano interno. Un cocido de buche trae nostálgicos recuerdos a muchas personas de origen cantonés. No figuran en el Compendio de Materia Médica China, pero son colágeno, y se asocian principalmente a beneficios para la piel. Son caros, con precios mucho mayores a los de la carne, y se sirven con frecuencia en eventos especiales como bodas o banquetes.
Dado que el producto no existe en la mayoría de los mercados, es ignorado en el reporte y la regulación comercial. En el sistema armonizado de clasificación arancelaria, por ejemplo, entran junto con las partes de menor valor del pescado: cabezas, colas y vísceras. En México no tenemos una idea precisa de cuántos buches exportamos, ni de qué especies provienen.
Pero no por ser relativamente invisible en occidente, el mercado mundial de buches deja de ser enorme. Entre 2015 y 2018, de acuerdo con cifras oficiales, las importaciones de Hong Kong, el principal punto de tránsito, superaron los 1200 millones de dólares.
Los principales proveedores hongkoneses en ese periodo fueron Brasil, Uganda, Tanzania, Vietnam, e India. Una rápida búsqueda en línea lleva a notas en todos estos países expresando sorpresa por el valor de una parte del pescado que antes era desechada. Si los pescadores supieran cuánto paga el consumidor final, la sorpresa sería aún mayor. Es común que el precio supere los cien dólares por kilo, y no es difícil encontrar piezas de más de mil. El margen de ganancia de los intermediarios es enorme. Nada más alejado del comercio justo.
Ya en Asia, la venta al menudeo es a granel y sin etiquetado. Quien compra una pieza no suele tener la menor idea de qué especie es, ni de cuál es su país de origen. Tampoco pregunta. Los precios dependen principalmente del tamaño y peso de cada pieza. Los buches más grandes y gruesos son más caros.
Para desgracia de la totoaba, su buche es el mayor de todos. Ese no es el caso de los especímenes de cautiverio, que difícilmente llegarán a edad adulta. Aunque decidieran vender buches, los criaderos no incidirían en el segmento alto. Es difícil tener certeza sobre el valor de contrabando de los buches más grandes, pero se estima en entre 20 000 y 50 000 dólares por kilo.
¿Esto significa que hay personas comiendo sopas de 20 000 dólares? Habrá algunas, pero eso no explica la dimensión de la demanda. Los buches secos pueden conservarse por años. Cuando se hace bajo las condiciones adecuadas, ganan valor. Es común ver en tiendas dos buches aparentemente idénticos, salvo por la profundidad del tono, con precios muy disímiles. Si suena extraño, pensemos en los vinos, el arte, la alta costura, o las antigüedades.
En el sistema económico chino, el uso de depósitos de valor de este tipo es prominente. La economía crece a una tasa acelerada pero no está totalmente abierta al mundo. Las reglas establecen que cada nacional chino sólo puede sacar del país hasta 50 000 dólares al año. Encontrar inversiones rentables en el interior de la economía no es siempre sencillo y eso da lugar a la especulación. El dinero se va a “inversiones alternativas”. El té pu’er, una variedad fermentada de la provincia de Yunnan, que también se añeja, ha llegado a venderse en centenas de dólares el gramo. Bajo una lógica similar, una burbuja en el sector inmobiliario se ha hecho evidente en meses recientes.
Dentro de esa misma realidad económica, los depósitos de valor constituyen medios de pago. La fuerte fiscalización de los ingresos y el control de las salidas de capital lleva a algunos a recurrir a mecanismos indirectos. Bajo el sistema conocido como feiqian, por ejemplo, un intermediario en el extranjero cobra y otro en China paga, y la cuenta entre ellos se salda no mediante una transferencia bancaria que deje rastro de papel, sino con el envío de contrabando o productos de mayor valor al reportado. Se ha documentado cómo ello se relaciona al tráfico de especies, incluyendo a cargamentos provenientes del sur de África de abulón, escamas de pangolín, colmillos de elefante, o cuernos de rinoceronte.
Estos sistemas de pago permiten a algunos aumentar sus ganancias —comprando muy barato fuera y vendiendo caro adentro. Otros los usan para repatriar ingresos sin cumplir obligaciones fiscales. Algunos más ocultan ingresos difíciles de explicar. Los peores hacen los pagos ilegales del crimen organizado transnacional. Autoridades canadienses identificaron el llamado “modelo de Vancouver”, basado en los mismos principios, bajo el cual grupos del narcotráfico, entre ellos los mexicanos, movieron y lavaron dinero a través de casinos en esa ciudad y en Macao.
Teniendo presente este contexto amplio, es claro que el tráfico de totoaba es un delito financiero. Las acciones de los gobiernos sólo serán efectivas si lo combaten como tal. Las medidas tradicionales para la protección de especies, como el establecimiento de reservas naturales, las regulaciones al comercio y los criaderos, son y serán insuficientes. El Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) ya emitió dos estudios sobre cómo se lava el dinero derivado del tráfico de especies, pero este enfoque también es limitado porque sigue considerando que se trata de dos delitos separados.
Esta conclusión tiene múltiples implicaciones concretas. No existe un manual de mejores prácticas. Se tendrá que ir construyendo, e idealmente se utilizará en otros productos en cuyo comercio legal y tráfico ilegal impera una lógica similar. La lista es larga, e incluye al pepino de mar, las aletas de tiburón, el abulón, la almeja generosa, las pieles de burro que en China se convierten en la gelatina ‘medicinal’ ejiao, la madera de árboles del género Dalbergia, y múltiples cactáceas.
A nivel nacional e internacional se deben involucrar autoridades adicionales, sumando cada una de ellas todas las herramientas a su alcance. Entre los pasos a considerar se incluyen la reclasificación arancelaria, la imposición de requisitos adicionales a la comercialización y exportación de ciertos productos, la identificación de precios de referencia, las auditorías fiscales y, especialmente, los operativos para seguir el rastro a activos financieros. Los intermediarios juegan un papel fundamental y son el punto débil de las redes.
Pese a los esfuerzos de un gran número de personas, dentro y fuera del gobierno, la totoaba se trafica y la vaquita está al borde de la extinción. Los gobiernos tienen la obligación de seguir haciendo todo a su alcance para proteger a ambas especies. México y Estados Unidos, al igual que China y otros países, tienen interés en cooperar para ello, así como en actuar contra los delitos financieros. Las lecciones que se aprendan en el camino ayudarán a hacer frente a muchos otros casos en que seres humanos, en su egoísmo, están acabando con múltiples especies de nuestro planeta.
Damián Martínez Tagüeña

Director senior en comunicaciones estratégicas de FTI Consulting. Fue cónsul general de México en Hong Kong entre 2016 y 2018, como miembro del Servicio Exterior Mexicano. Es miembro del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI).

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